La presión migratoria, diplomática y económica de Marruecos demuestra que la guerra híbrida en nuestro flanco sur ya está en marcha y exige una respuesta estratégica de España.
En mi tribuna de opinión en Vozpópuli del pasado 21 de abril, La acción internacional del Gobierno: una hipoteca para la siguiente generación, avisaba del peligro de la inacción de nuestro Gobierno y del riesgo latente para Ceuta, Melilla y las Islas Canarias, que era el ingrediente que faltaba para un escenario de guerra híbrida. No se trata en modo alguno de dotes de pitoniso, sino de la contemplación de la deriva agresiva de Marruecos, del fortalecimiento de sus alianzas con Estados Unidos e Israel, y de la errática conducta del Gobierno de Sánchez, sin duda el peor presidente de toda la democracia, y camino de hacer sombra al mismo Fernando VII.
La avalancha de unas 70.000 personas, no sólo marroquíes, sino magrebíes y subsaharianos, con el apoyo más que la pasividad de las autoridades del país vecino, en una ciudad como Ceuta, y sobre todo la tragedia de doscientas muertes con las que nadie quiere cargar, son un drama que forma parte de un conflicto latente en la zona gris que, después de esta agresión ilegítima, es un verdadero supuesto de guerra híbrida, con escenarios multidominio donde la pinza sobre las ciudades autónomas y las Canarias la utiliza Marruecos con la complicidad silente —cuando no el regodeo— de Estados Unidos e Israel, en el ámbito migratorio, diplomático, económico o en las redes sociales; con tiempo aparecerá sin duda un partido político local promarroquí generosamente financiado por la monarquía alauita, que se nutrirá del descontento, del miedo y del hastío del que mira para el otro lado de forma consciente. Por supuesto, como en todos los escenarios en los que actúa, con la paciencia de la que hace gala, cuando Marruecos quiere, abre el grifo de la migración y cuando no, como el pasado día 15, lo cierra sin mayores consecuencias, sin luz ni taquígrafos.
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