Mientras España sigue instalada en el cortoplacismo político y en la ilusión de que los conflictos son siempre ajenos, se agravan nuestras vulnerabilidades estratégicas y se compromete la seguridad de las generaciones futuras
El Gobierno de la Nación nos tiene acostumbrados desde hace unos años a muchos defectos de gobernanza que los ciudadanos soportamos de manera estoica: desde la legislación incontinente que diría Ortega y Gasset por la vía del Real Decreto Ley, eludiendo los trámites parlamentarios y los procedimientos de elaboración de las leyes, con los dictámenes de los órganos consultivos incluidos, a la falta de voluntad para acordar pactos de Estado más allá de las fuerzas que apuntalan débilmente el actual Consejo de Ministros.
Y si bien estos vicios de producción normativa, o de falta de sentido de Estado, tienen la ventaja de que puede ser revertidos a corto plazo, con un cambio de actitud del gobernante o incluso con un cambio electoral, mucho más graves son las derivas aislacionistas en el contexto internacional que van a suponer una hipoteca a la siguiente generación si no se gobierna con temple, cautela y astucia.
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